REFLEXIÓN 133

(Continuación de la reflexión 132)

MAS AHORA DIOS HA COLOCADO LOS MIEMBROS CADA UNO DE ELLOS EN EL CUERPO, COMO Él QUISO. (I CORINTIOS 12: 18).

Entró Cupertino tímidamente al lugar donde se reunía la Iglesia cristiana considerada por él la ideal para su crecimiento, donde se sentiría bien y no se estancaría en su desarrollo. Se la había recomendado un amigo y estaba seguro que disfrutaría las comodidades sociales brindadas por la comunidad para el deleite de todos. Aquí no encontraría problemas y tendría felicidad. Estos pensamientos lo hacían sonreír casi imperceptiblemente mientras localizaba una banca desocupada para ubicarse y presenciar el servicio dominical. Los himnos de alabanzas eran repetitivos en sus pequeñas estrofas que daban la sensación de estar logrando un estasis en las emociones del visitante, tocaba las palmas, se movía, cantaba y sentía que su cuerpo se transportaba en un pentagrama de inquietudes nunca sentidas anteriormente. Al terminar el servicio fue abordado por los ujieres a quienes les manifestó el deseo de pertenecer a esa Iglesia. Ellos lo animaron y le mostraron las comodidades que disfrutaría como miembro activo de aquel grupo; todo le pareció bien, aceptó y prometió asistir el siguiente domingo. Efectivamente, puntual llegó Cupertino a su nueva Iglesia ocho días después, al final del servicio lo llevaron a una oficina donde le mostraron las obligaciones que tendría, si pertenecía a esa comunidad. La lista era larga y la sorpresa fue grande para el nuevo miembro porque a él le habían enseñado que participar en las actividades de la congregación era un acto de voluntad, como lo trasmitió Cristo, no hacer nada para el Señor por imposición.

Los propósitos de Dios son rectos para sus hijos y los demuestra llamándolo a formar parte de un cuerpo donde debe desarrollar los dones recibidos.

Hermanos, todas las congregaciones o grupos cristianos son dirigidos por hombres, aunque Cristo sea la cabeza. Los hombres somos imperfectos en nuestras apreciaciones y tendemos a imponer nuestros criterios humanos, ignorando a veces, o cambiando, las disposiciones de nuestro Padre. Cuando llegamos a una Iglesia por primera vez, no es un acto de casualidad sino de propósitos del Señor para darnos unos dones,  nos ubica en la comunidad que más favorece a nuestro crecimiento y desarrollo de los dones recibidos. También nos pone pruebas que debemos resistir para salir más fuertes de estas y nunca huir ignorando los planes de Dios para nuestras vidas.